Con sigilo penetraste mis defensas distrayendo mi atención con palabras indistintas; tan acostumbrada a tu aroma, no lo percibí más cerca de lo normal, asechando mi cuello.
Hice la pregunta de la cual ya sabía su respuesta, pero el deseo no perdía nada al intentarlo o incluso, más que preguntarlo, robar de su guarida, tu impulso y mi pecado.
Pero cupo en mí la coherencia, el respeto y la distancia, sometiendo el deseo, la pasión y el hambre de tenerte por segundos. Un paso atrás después de impregnar tu esencia en mi cuerpo, protegiendo el juego que por las noches y las mañanas, mantenían nuestras ganas a flor de piel.
Te alejaste en silencio, aumentando esa distancia, lo que ambos llegamos a considerar, una protección al juego que abandonamos por una relación más coherente.
Con sigilo volviste sobre tus pasos con palabras dispersas dirigidas a una persona ausente. Trajiste el silencio, antepusiste el deseo ante tu negativa, arrebatándome la oportunidad de reaccionar y me robaste la mentira que cubría el recuerdo de pertenencia.
Mis manos aferradas a tu piel, mis labios a tus similares e implorando que tu deseo aumentara para no dejar de saberte mío.
Te alejaste en segundos, protegiendo el silencio, regalándome una estela de tu aroma y el hambre de ti.
Con sigilo te despediste de mi piel, y en su lugar dejaste el fuego del beso que ahora es un secreto negado.
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